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CAPÍTULO DIEZ
MARIANA

Había pasado mucho tiempo desde que Mariana At Lea fuera trasladada al castillo de Hugo de Reinault. Ella no había sabido nada de la visita de Robin. Sólo sabía que su padre había ido a Tierra Santa y que, en la actualidad, el señor de Reinault era su tutor. Aunque no gozaba de sus simpatías, Mariana pensaba que si su padre había confiado en él, tendría razones para ello. Por eso se limitó a esperar. Pasaba sus días leyendo y realizando alguna labor, recluida en sus aposentos, sin contacto con nadie.

Una tarde, el señor Hugo de Reinault subió a verla y le dio la triste noticia de que el barco de su padre había naufragado. Nada se sabía de él. Mariana enjugó sus lágrimas y recibió el pésame del señor de Reinault. -Gracias, señor. Sé que apreciabais a mi padre. Él también os quería y confiaba mucho en vos.

Hugo de Reinault creyó conveniente aprovechar la oportunidad para hablar con Mariana de su futuro. La joven estaba a punto de ser mayor de edad y, cuando esto sucediera, él perderá la ocasión de poder influir en sus decisiones y seguir administrando sus bienes.

-Querida Mariana, ya sé cómo os sentís. Pero tenéis que reponeros. La vida sigue. Debéis ir pensando en casaros. . .

-¿Casarme? No pienso hacerlo de momento. Además, en los documentos que me habéis mostrado, mi padre pedía que yo ingresara en un convento hasta que él volviera. -Vuestro padre no volverá, Mariana... Bueno, es improbable que vuelva. Yo soy vuestro tutor y, entre mis obligaciones, entiendo que está el preocuparme por vuestro futuro. -Gracias, señor de Reinault. Pero, por ahora, el matrimonio no entra en mis planes -dijo Mariana con gran seguridad.

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